𝗔𝗹𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗶𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗹 “𝗲𝗳𝗲𝗰𝘁𝗼 𝗣𝗮𝘀𝘀𝗲𝗿𝗶𝗻𝗶»

El objetivo es claro: recomponer la imagen del intendente antes de que el desgaste impacte directamente en la figura del gobernador Martín Llaryora, quien tiene en la mira la reelección.

En política, los problemas de gestión rara vez se quedan encapsulados en un solo territorio. Mucho menos cuando se trata de la capital provincial que concentra el mayor número del electorado provincial. Y eso es exactamente lo que hoy inquieta al corazón del poder cordobés: el llamado “efecto Passerini” dejó de ser un murmullo de pasillo para convertirse en una preocupación concreta dentro del Panal.

La gestión de Daniel Passerini atraviesa su momento más delicado desde que asumió. Atrapado entre una estructura financiera tensionada, encuestas que no logra repuntar y un sistema de transporte urbano que muestra signos de agotamiento estructural, el intendente capitalino enfrenta un combo que en política suele ser letal: mala gestión percibida y falta de horizonte electoral. Sin posibilidad de reelección, el incentivo político se diluye y la fragilidad se expone.

En ese contexto, el “operativo levantar a Passerini” ya está en marcha. No se trata de una consigna pública, sino de una estrategia silenciosa que recorre despachos y reuniones de gabinete. El objetivo es claro: recomponer la imagen del intendente antes de que el desgaste impacte directamente en la figura del gobernador Martín Llaryora, quien tiene en la mira la reelección.

“Si esto sigue así, nos va a llevar puestos la gestión capitalina”, reconocen en voz baja algunos ministros que acceden a las encuestas semanales. Los números, por ahora, no acompañan. Y en política, la percepción suele ser más determinante que la realidad.

El diagnóstico es compartido: Córdoba capital no puede convertirse en un lastre electoral para el oficialismo provincial. Por eso, en el Panal ya se habla de una fuerte inyección de recursos destinada a obra pública en la ciudad. Una receta conocida, casi de manual, que remite a la estrategia aplicada años atrás por Juan Schiaretti para apuntalar la gestión municipal de quien entonces era intendente y hoy gobierna la provincia.

La lógica es simple: obra visible, gestión tangible y agenda positiva. Sin embargo, el contexto actual es más complejo. La crisis del transporte urbano, uno de los principales dolores de cabeza de la administración capitalina, no admite soluciones rápidas ni maquillaje político.

A esto se suma otro dato que no pasa desapercibido: el gabinete municipal luce cada vez más alineado con el llaryorismo. Funcionarios que no responden directamente a Passerini fueron ganando espacio en áreas clave, en lo que algunos ya describen como una “intervención política de hecho”. En ese esquema, apenas un puñado de dirigentes —como Sergio Lorenzatti y Rodrigo Fernández— se mantienen como el círculo de máxima confianza del intendente.

El calendario electoral tampoco ayuda. Todo indica que la elección municipal se desdoblará de la provincial, lo que aumenta el riesgo: una mala performance en la capital podría marcar el clima político previo a la disputa por la gobernación.

Así, el “efecto Passerini” deja de ser un problema local para transformarse en una variable estratégica del oficialismo cordobés. En el Panal lo saben: no se trata solo de sostener a un intendente, sino de evitar que el humor social de la capital termine condicionando el futuro político de toda la provincia. En definitiva, en Córdoba, la capital no solo administra votos: también define climas. Y hoy, ese clima empieza a nublarse.

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