
No hablamos de una gestion larga, hablamos de una hegemonía generacional.
Villa Carlos Paz asiste a un fenómeno que roza lo antológico en la política cordobesa: un poder que, lejos de erosionarse por el paso del tiempo, se alimenta de su propia mutabilidad y de la orfandad de alternativas. Esteban Avilés no es solo un intendente; es el máximo exponente de una «borocotización» sistémica que ha transformado la ideología en un accesorio de temporada.
El Récord de las Mil Camisetas
Hablar de la trayectoria de Avilés es intentar trazar una línea recta en un laberinto. Del radicalismo al kirchnerismo, del vecinalismo puro al peronismo provincial, pasando por el juecismo y ahora su acercamiento a los libertarios, para luego ensayar un retorno, según sople el viento. En política, donde el pragmatismo suele ganarle a la doctrina, Avilés ha roto todos los moldes. Ni siquiera el histórico monopolio politico de “los Caserio” se atrevió a tanto zigzag; allí, al menos, las fronteras eran claras, peronismo k/peronismo provincial.
Esta metamorfosis constante de Avilés constituye un récord de pases de camisetas políticas con el único fin de retener el mando. Es supervivencia pura: la «borocotización».
28 Años de Hegemonía: El Unicato Moderno
Sin embargo, el dato más gélido no es su ideología líquida, sino su permanencia cronológica. Avilés ha logrado algo inaudito en plena democracia: una carrera de fondo que ya suma 28 años en las arterias del poder. Con 8 años como concejal, 8 como intendente y 4 años como funcionario peronista —mientras seguía manejando las riendas del municipio a través de la gestión gris y subordinada de Daniel Gómez—, Avilés se encamina a completar un ciclo que, de ser reelecto en 2027, lo llevará a la escalofriante cifra de 32 años ejerciendo el poder. Un unicato que ha sobrevivido a base de un control absoluto.
La Fábrica de Monstruos y el Garrote Publicitario
La receta política de Avilés no es nueva, pero la ejecuta con una precisión quirúrgica: necesita un enemigo para existir. Primero fue la supuesta corrupción de la administración de Felpeto; luego, subió al escenario a la COOPI, utilizándola durante años para instalar el guion de «los malos de la película».
Sin embargo, el avance más peligroso se dio sobre la prensa local. Bajo la gestión de figuras que operan en la penumbra —como su director de medios, Hernán Anders, señalado por muchos como el «monje negro»—, la pauta publicitaria dejó de ser comunicación oficial para transformarse en un mecanismo de disciplinamiento. Con una gran «caja» para habilitar o silenciar voces, el oficialismo no dudó en presionar incluso a las concesionarias de cable con la amenaza de modificar el uso del espacio aéreo si no se alineaban los contenidos.
La Oposición: Cómplice por Omisión
Mientras Avilés se consolida como un autócrata moderno, la oposición sigue sumergida en sus propias miserias. Atrapada en internas crónicas, pases de factura constantes y una carencia absoluta de un liderazgo claro, le termina pavimentando el camino al oficialismo.La falta de una alternativa sólida es, en última instancia, la mayor ganancia política para el Palacio 16 de Julio.
El desgaste de la figura de Avilés es evidente tras tantos años y tantas volteretas ideológicas, pero en política, el vacío no existe: lo que la oposición no ocupa, el oficialismo lo devora.
Por un lado, una gestión que ha hecho del cambio de camiseta un arte y del control mediático una religión. Por el otro, una oposición diezmada que mira el partido desde la tribuna. En este escenario, la salud democrática de la ciudad se debilita bajo el peso de un poder que ya no rinde cuentas, sino que simplemente se perpetúa.